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La inteligencia artificial para pensar con nosotros, sin pensar en nuestro lugar

Hoy tenemos acceso a algo extraordinario. En pocos segundos, una inteligencia artificial puede explicarnos un concepto complejo, resumir cientos de páginas, confrontar ideas, traducir un texto, analizar datos, proponer hipótesis o acompañarnos en el aprendizaje de un tema del que ignorábamos casi todo unas horas antes. Nunca tantos conocimientos y capacidades intelectuales habían sido tan fácilmente accesibles para tantas personas.

Sin embargo, esta potencia nos coloca ante una pregunta mucho más personal de lo que parece. Podemos utilizar la inteligencia artificial para desarrollar nuestro propio pensamiento, explorar más, aprender más rápido y confrontar nuestras ideas. También podemos adquirir la costumbre de transferirle una parte creciente del esfuerzo intelectual que de otro modo habríamos realizado nosotros mismos. Los dos usos pueden producir exteriormente un resultado comparable, mientras que sus efectos sobre nuestra comprensión y nuestras competencias son profundamente distintos.

En una entrevista concedida a la emisora 98.5, el neurocirujano y neurooncólogo David Fortin expresaba precisamente su preocupación por las posibles consecuencias de un uso excesivo de la inteligencia artificial sobre nuestras capacidades cognitivas y nuestro pensamiento crítico. Su reflexión coincide con una pregunta que aparece también en diversos trabajos dedicados a la IA y al aprendizaje: ¿cómo aprovechar una herramienta capaz de asistirnos intelectualmente sin abandonarle progresivamente el ejercicio mismo que desarrolla nuestra inteligencia?

Esta pregunta merece abordarse con confianza más que con temor. Disponemos de una tecnología capaz de amplificar considerablemente algunas de nuestras capacidades intelectuales y podemos elegir la relación que queremos construir con ella. El desafío consiste en aprender a pensar con la inteligencia artificial y seguir desarrollando al mismo tiempo nuestra propia capacidad de pensar.

Nuestro cerebro se desarrolla trabajando. Buscar una palabra, intentar resolver un problema, organizar mentalmente una idea o tratar de comprender un concepto exige a veces algunos minutos de incomodidad. No encontramos inmediatamente la respuesta, volvemos sobre nuestro razonamiento, hacemos conexiones, cometemos errores y probamos un nuevo enfoque. Esa fricción intelectual forma parte del proceso mediante el cual construimos nuestros conocimientos y desarrollamos nuestra capacidad de razonar.

La inteligencia artificial puede ahora eliminar gran parte de esa fricción. Una respuesta que habría exigido una búsqueda, una reflexión o varios intentos puede obtenerse casi instantáneamente. Esa facilidad constituye una de las grandes fortalezas de la tecnología, especialmente cuando nos permite superar un obstáculo innecesario o acceder rápidamente a conocimientos que de otro modo habrían sido difíciles de encontrar.

No obstante, se vuelve más delicada cuando le transferimos sistemáticamente el esfuerzo cognitivo que habría contribuido a nuestro aprendizaje. La OCDE se interesa en particular por los fenómenos de descarga cognitiva y de desconexión metacognitiva que pueden aparecer cuando herramientas generalistas de IA asumen una parte demasiado importante del trabajo intelectual. Sin embargo, esas mismas tecnologías pueden producir resultados mucho más interesantes cuando se utilizan con la intención explícita de apoyar el aprendizaje.

La pregunta pertinente no consiste, por tanto, simplemente en determinar si utilizamos mucho o poco la inteligencia artificial. Consiste más bien en comprender qué le pedimos que realice dentro de nuestro proceso de reflexión.

Tomemos un tema complejo que deseamos comprender. Podemos pedirle inmediatamente a una inteligencia artificial que produzca un análisis completo y luego adoptar ese análisis porque parece convincente y bien estructurado. El resultado puede ser excelente y hacernos ganar muchísimo tiempo, mientras que nuestra comprensión personal del problema habrá avanzado relativamente poco.

Podemos utilizar exactamente la misma herramienta de una manera muy diferente. Podemos empezar por reflexionar sobre el problema, formular lo que entendemos de él, identificar nuestras incertidumbres y construir una primera posición. La inteligencia artificial puede después confrontar nuestro razonamiento, buscar lo que hemos olvidado, presentar los argumentos que lo contradicen, identificar los conocimientos que nos faltan y sugerir fuentes o pistas adicionales. Podemos entonces retomar nuestro análisis con más información y una comprensión más profunda. En ambas situaciones, la inteligencia artificial ha trabajado. En la segunda, también nos ha hecho trabajar a nosotros.

Esta distinción aparece en las investigaciones dedicadas a los trabajadores del conocimiento. Un estudio publicado en 2025 por investigadores de Microsoft Research y de Carnegie Mellon examinó cientos de ejemplos de uso de la IA reportados por trabajadores. Los investigadores observaron en particular que una confianza elevada hacia la inteligencia artificial se asociaba con un menor esfuerzo de pensamiento crítico, mientras que una mayor confianza de las personas en su propia capacidad de realizar la tarea se asociaba con más reflexión crítica. También constataron que la IA desplaza una parte del esfuerzo intelectual hacia la verificación, la integración y la supervisión de lo que produce.

Ese desplazamiento puede representar una formidable evolución de nuestras capacidades. No necesitamos necesariamente ejecutar manualmente cada una de las etapas de un trabajo para seguir ejerciendo nuestra inteligencia. Sin embargo, debemos conservar suficientes conocimientos, comprensión y juicio para supervisar lo que se ha delegado. Cuanto más asume la máquina la ejecución, más importante se vuelve nuestra capacidad de comprender el resultado y de evaluar su calidad.

Esta perspectiva permite imaginar una relación mucho más estimulante con la inteligencia artificial. En lugar de utilizarla principalmente como una máquina de respuestas, podemos convertirla en un compañero de entrenamiento intelectual. Puede explicar un concepto y después hacernos preguntas para verificar nuestra comprensión, buscar las fallas de nuestro razonamiento, presentar el mejor argumento en contra de nuestra posición, proporcionar una pista en lugar de la solución completa o comparar nuestro análisis con varias otras maneras de abordar el mismo problema.

También podemos pedirle que defienda temporalmente una posición con la que estamos en desacuerdo, a fin de poner a prueba la solidez de nuestras convicciones. Una conversación con la IA se convierte entonces en una ocasión para encontrar objeciones que no habíamos contemplado y para descubrir los puntos en los que nuestro propio razonamiento merece profundizarse.

Este uso coincide con el principio de agencia humana que promueve la UNESCO en sus trabajos sobre inteligencia artificial. Una tecnología capaz de generar ideas y explicaciones puede servir para desafiar y ampliar el pensamiento humano cuando su utilización preserva la capacidad del usuario de comprender, elegir y ejercer su juicio.

La inteligencia artificial posee además un potencial extraordinario como acelerador del aprendizaje. Una persona curiosa puede hoy empezar a explorar la física cuántica, la economía, la programación, la historia, la filosofía, un idioma extranjero o prácticamente cualquier campo y recibir explicaciones adaptadas a su nivel de conocimiento. Cuando una explicación no funciona, puede pedir otra, solicitar una analogía, obtener un ejemplo, intentar un ejercicio y después preguntar por qué su respuesta era incorrecta.

Un experto puede utilizar la misma capacidad en la dirección opuesta y explorar más rápidamente las fronteras de su propio campo. Puede confrontar hipótesis, acercar disciplinas, buscar perspectivas diferentes o utilizar la IA para recorrer rápidamente un territorio intelectual antes de concentrar su experiencia en los elementos más pertinentes.

Disponemos así de un acceso sin precedentes a una forma de acompañamiento intelectual personalizado. Utilizada con curiosidad, la inteligencia artificial puede convertirse en una formidable máquina de aprender: una respuesta genera una nueva pregunta, que conduce a un concepto desconocido, y después a una teoría, una persona, una disciplina o un nuevo interrogante. Algunas horas más tarde, podemos comprender algo que antes éramos incapaces de explicar.

Sin embargo, esta capacidad hace aún más importante la conservación de nuestros propios conocimientos. Cuanto más convincentes se vuelven las inteligencias artificiales, más debemos poseer la comprensión suficiente para reconocer una incoherencia, cuestionar una afirmación y detectar los límites de una respuesta. Una formulación segura y elegante nunca constituye una garantía de verdad.

Debemos evitar en particular una dependencia circular en la que dejaríamos progresivamente de aprender porque la inteligencia artificial conoce las respuestas, para después volvernos incapaces de evaluar esas mismas respuestas porque hemos dejado de adquirir los conocimientos necesarios para comprenderlas.

El juicio humano no funciona en el vacío. Se construye a partir de los conocimientos, de la experiencia, de las comparaciones, de los errores pasados, de la comprensión del contexto y de los intercambios con los demás. Nuestra cultura general conserva, por tanto, todo su valor. Leer sigue siendo valioso, escribir uno mismo sigue siendo valioso, aprender un idioma, comprender la historia, desarrollar una experiencia profesional, argumentar con otras personas y a veces resolver un problema sin asistencia siguen siendo ejercicios esenciales.

La inteligencia artificial añade una capacidad extraordinaria a ese conjunto. Puede aumentar la velocidad a la que aprendemos y la amplitud de los conocimientos a los que podemos acceder. Sin embargo, esas nuevas posibilidades adquieren todo su valor cuando se apoyan en fundamentos humanos lo bastante sólidos como para permitir la comprensión y el juicio.

Esta reflexión posee también una dimensión más íntima. Nuestros pensamientos, nuestras opiniones y nuestra manera de comprender el mundo contribuyen a definir quiénes somos. Se construyen a partir de nuestra historia, de nuestras experiencias, de nuestras lecturas, de nuestros encuentros, de nuestros valores, de nuestros errores y de las conversaciones que mantenemos con otras personas. A veces cambiamos de opinión porque descubrimos una información nueva o porque alguien nos obliga a mirar una cuestión desde un ángulo que nunca habíamos considerado.

La inteligencia artificial puede ahora participar en ese proceso. Esta posibilidad resulta fascinante, ya que nos da acceso a una diversidad considerable de perspectivas y puede ayudarnos a salir de ciertos puntos ciegos. Al mismo tiempo, exige que sigamos siendo conscientes de la diferencia entre recibir una influencia intelectual adicional y transferir progresivamente a una máquina la formación de nuestro propio juicio.

Una IA puede presentarnos diez maneras diferentes de interpretar una situación, identificar las fortalezas y las debilidades de cada una y mostrarnos argumentos en los que nunca habríamos pensado. Esa riqueza puede mejorar considerablemente nuestra reflexión. Sin embargo, la decisión sobre lo que consideramos justo, deseable o conforme a nuestros valores sigue siendo profundamente humana.

Esta responsabilidad adquiere una importancia particular a medida que los sistemas se vuelven más personalizados. Una inteligencia artificial capaz de conocer nuestro contexto, nuestros hábitos, nuestros conocimientos y nuestras preferencias puede convertirse en un compañero intelectual extremadamente poderoso. Esa proximidad hace todavía más necesaria la capacidad de reconocer cuándo utilizamos la herramienta para ampliar nuestra reflexión y cuándo simplemente empezamos a aceptar sus conclusiones.

Las organizaciones también se encontrarán con esta pregunta. A medida que los empleados trabajen con copilotos y agentes, la productividad no debería ser el único indicador observado. También habrá que preguntarse qué competencias humanas deben preservarse, qué conocimientos deben seguir dominándose y en qué situaciones una persona debe seguir siendo capaz de realizar o de comprender suficientemente el trabajo efectuado por la máquina.

La AI Adoption y la transformación organizacional deberán, por tanto, tener en cuenta esta dimensión. Aumentar un equipo con inteligencia artificial significa también reflexionar sobre la manera en que evolucionan las responsabilidades, los conocimientos y el juicio. El objetivo es permitir a las personas ejercer su experiencia en un nivel superior gracias a las capacidades de las máquinas, preservando al mismo tiempo la comprensión necesaria para supervisarlas y tomar las decisiones que siguen siendo responsabilidad suya.

Este enfoque corresponde a una concepción profundamente humana de la inteligencia artificial. El desafío no consiste únicamente en determinar qué tareas pueden automatizarse. Consiste en identificar el mejor reparto posible entre lo que las máquinas pueden acelerar y lo que los seres humanos deben seguir aprendiendo, comprendiendo, cuestionando y decidiendo.

La inteligencia artificial se vuelve más competente y esa evolución nos ofrece posibilidades intelectuales extraordinarias. Podemos acceder más rápidamente al conocimiento, explorar más ideas, confrontar nuestros razonamientos, aprender nuevas disciplinas y disponer casi continuamente de un compañero capaz de ayudarnos a progresar.

Sin embargo, la manera en que elijamos utilizar esa potencia marcará una diferencia considerable. Cuando se convierte en un atajo permanente hacia la respuesta, la IA puede ahorrarnos ciertos esfuerzos intelectuales que participan precisamente en el desarrollo de nuestras competencias. Cuando se convierte en un profesor, un contradictor, un explorador, un compañero de reflexión y un amplificador de conocimientos, puede darnos en cambio acceso a posibilidades de aprendizaje de las que ninguna generación anterior dispuso a esta escala.

La madurez consistirá probablemente en saber reconocer la diferencia. Algunas tareas pueden confiarse casi por completo a una máquina porque su ejecución manual aporta poco valor. Otras merecen que conservemos una participación intelectual activa porque construyen nuestros conocimientos, nuestra experiencia o nuestro juicio. El desafío será aprender a elegir conscientemente lo que deseamos delegar.

En Quantum Beyond, nuestra visión de una inteligencia artificial centrada en el ser humano incluye necesariamente esta dimensión. La gobernanza, la ciberseguridad, la protección de los datos, el AI Onboarding y los mecanismos de control son esenciales para enmarcar los sistemas. La transformación humana y organizacional lo es igualmente, ya que una IA realmente útil debería aumentar las capacidades de las personas que trabajan con ella y permitirles ejercer más su experiencia.

Disponemos ahora de máquinas capaces de buscar más rápido que nosotros, de procesar volúmenes considerables de información, de explorar miles de posibilidades y de acompañarnos casi instantáneamente en nuestra reflexión. Nos conviene aprovechar plenamente esas capacidades para aprender más, comprender más profundamente, confrontar nuestras ideas y ampliar los límites de lo que sabemos.

No obstante, nuestro pensamiento sigue siendo un territorio que nos conviene seguir cultivando. Si bien la inteligencia artificial puede ayudarnos a explorar mucho más lejos, la comprensión, el juicio y la responsabilidad que desarrollamos durante ese viaje conservan un valor profundamente humano. El verdadero potencial de esta tecnología aparecerá cuando su potencia nos permita no solo obtener mejores respuestas, sino también ser mejores a la hora de formular preguntas, comprender lo que significan y decidir nosotros mismos qué queremos hacer con ellas.