El tren cuántico – Tercera estación: elegir su vagón
A la hora de subir a un tren para un viaje largo, nadie se lleva toda su casa. Elegimos instintivamente lo que merece acompañarnos: los objetos indispensables, los documentos importantes, los efectos personales a los que realmente tenemos apego. Todo lo demás se queda en casa.
Esta imagen puede parecer trivial, pero ilustra notablemente bien uno de los mayores desafíos que enfrentarán las organizaciones en los próximos años. Frente a las transformaciones tecnológicas que se aceleran, y muy en particular a la llegada progresiva de la computación cuántica, la verdadera pregunta no es únicamente cómo proteger los datos. Consiste, ante todo, en determinar cuáles tienen realmente valor.
Desde hace más de treinta años, las empresas acumulan volúmenes impresionantes de información. Los costos de almacenamiento han disminuido, las infraestructuras digitales se han democratizado y las herramientas colaborativas han multiplicado las ocasiones de crear, copiar y archivar datos. Correos electrónicos, contratos, planos, dibujos técnicos, historiales de transacciones, copias de seguridad, bases de datos, documentos de trabajo y versiones sucesivas de archivos se amontonan a menudo sin una verdadera estrategia de conservación. Esta abundancia se ha vuelto la norma, hasta el punto de que varias organizaciones desconocen ellas mismas la magnitud de su patrimonio informacional.
Sin embargo, no toda esa información tiene la misma importancia. Parte de ella solo posee un valor operativo limitado y desaparecerá naturalmente con el tiempo. Otra, en cambio, constituye el verdadero capital de la organización. Encierra el saber hacer acumulado a lo largo de los años, las innovaciones que distinguen a la empresa de sus competidores, los secretos comerciales que garantizan su ventaja estratégica o incluso la información sensible confiada por sus clientes y socios.
Resulta sorprendente constatar que numerosas empresas conocen con precisión el valor de sus edificios, de sus equipos o de sus inventarios, y al mismo tiempo son incapaces de identificar los pocos conjuntos de datos cuya pérdida comprometería realmente su futuro. Sin embargo, en una economía donde la información se convierte en uno de los principales activos de una organización, ese conocimiento debería formar parte de los cimientos de toda estrategia de gobernanza.
La computación cuántica aporta una nueva dimensión a esta reflexión. Esta tecnología se presenta a menudo desde el ángulo de la potencia de cálculo o de sus consecuencias sobre los mecanismos criptográficos. Esos desafíos son muy reales, pero no afectan a todos los datos de la misma manera. Una campaña publicitaria, un calendario de producción o un documento administrativo no necesitan forzosamente permanecer confidenciales durante varias décadas. A la inversa, una fórmula farmacéutica, un proceso industrial, un algoritmo propietario, una estrategia de defensa o cierta información personal podrían tener que protegerse durante veinte, treinta e incluso cincuenta años.
Esta noción de vida útil de la información suele descuidarse, cuando debería guiar buena parte de las decisiones en materia de seguridad. Un dato que pierde todo valor al cabo de unas semanas no requiere los mismos mecanismos de protección que un activo informacional cuya confidencialidad sigue siendo un desafío estratégico varias décadas después. Antes de elegir una tecnología, un algoritmo de cifrado o una arquitectura de seguridad, una organización debería, por lo tanto, empezar por responder a una pregunta mucho más simple: ¿qué estamos intentando proteger realmente?
Este enfoque supera con creces el ámbito de la ciberseguridad. Corresponde ante todo a la gobernanza. Obliga a los directivos a reflexionar sobre la razón de ser de sus datos, su plazo de conservación, las personas que deben acceder a ellos, las obligaciones regulatorias que los afectan y el valor que seguirán representando con el tiempo. Trae consigo también otra reflexión, a menudo incómoda: ¿merece realmente conservarse toda la información? En muchos casos, la mejor manera de proteger un dato consiste quizá simplemente en dejar de conservarlo cuando ya no aporta ningún valor.
En las últimas décadas, las organizaciones aprendieron a acumular datos. Los próximos años las obligarán a aprender a calificarlos. Esta evolución representa probablemente uno de los cambios más importantes de la gobernanza digital. Ya no se tratará solamente de proteger la información, sino de comprender su verdadero valor antes de decidir cómo, y hasta qué punto, merece serlo.
Para Quantum Beyond, la soberanía digital no comienza con la elección de una tecnología. Empieza por un conocimiento profundo de lo que constituye el patrimonio informacional de una organización. Sin esa comprensión, las inversiones en ciberseguridad, en inteligencia artificial o en computación cuántica corren el riesgo de responder a prioridades mal definidas.
Antes de que el tren cuántico tome verdaderamente velocidad, cada organización haría bien en abrir una última vez sus maletas. No para añadir más equipaje, sino para distinguir con lucidez lo que es simplemente útil de lo que es verdaderamente irreemplazable. Porque son esos activos los que merecerán toda nuestra atención cuando el viaje entre en su próxima etapa.
