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El tren cuántico se acerca a su primera estación

Existe un reflejo que se repite casi sistemáticamente cuando aparece una nueva tecnología. Las organizaciones quieren conocer una fecha. Preguntan: “¿Cuándo estará lista?” Como si esa respuesta determinara por sí sola el momento en que habría que empezar a interesarse por ella.

He escuchado esta pregunta en numerosas ocasiones a partir de 2020-2023. En aquella época, varios consideraban que las aplicaciones destinadas al mercado seguían estando a seis o siete años de distancia. Esa proyección era coherente con el estado de la investigación y con los programas científicos en curso. Sin embargo, yo no podía evitar ver las cosas de otra manera.

La historia de las grandes revoluciones tecnológicas nos enseña que a menudo existen dos calendarios paralelos. El primero es el de la investigación fundamental. El segundo es el de la industria. Mientras una tecnología permanece confinada a los laboratorios, su evolución sigue principalmente el ritmo de las publicaciones científicas, de los programas universitarios y de los ciclos de financiamiento. Pero cuando actores industriales de primer orden comienzan a invertir masivamente, las prioridades cambian. La investigación ya no busca únicamente comprender; ahora busca producir.

Este fenómeno no tiene nada de excepcional. Lo hemos observado con Internet, con la inteligencia artificial y con la computación en la nube. Cada vez que las inversiones privadas, las necesidades comerciales y la competencia internacional convergen, el ritmo de innovación se acelera. Por eso desconfío más de las fechas que de las tendencias.

Hoy, algunos expertos consideran que el famoso “Q-Day” podría producirse mucho más rápido de lo que se imaginaba hasta hace poco. Para el sector bancario en particular, algunos estiman que tres o cuatro años podrían representar un horizonte realista para que los primeros impactos se vuelvan lo bastante concretos como para exigir medidas de protección a gran escala. A mi juicio, sin embargo, la verdadera pregunta no es si esa estimación es exacta. Es saber qué hará su organización si lo es.

Cuando una empresa espera a que la tecnología esté plenamente madura antes de comenzar a prepararse, ya va con retraso. Las transformaciones más importantes nunca consisten únicamente en reemplazar una infraestructura informática. Implican revisar las competencias, las políticas de seguridad, la gobernanza de los datos, las arquitecturas de software, los procesos de negocio, las alianzas tecnológicas y, a veces, incluso el modelo económico de la organización.

La inteligencia artificial nos ofreció una demostración elocuente. Las organizaciones que experimentaban discretamente con los modelos generativos antes de su democratización disponen hoy de una ventaja considerable sobre aquellas que esperaron a que el mercado les impusiera el cambio.

La computación cuántica seguirá probablemente una trayectoria semejante. El verdadero desafío no será comprar una computadora cuántica. Muy pocas organizaciones tendrán una. El desafío será comprender qué partes de sus actividades podrían verse afectadas por esta nueva capacidad de cálculo. Los mecanismos de cifrado, las infraestructuras de identidad, ciertos métodos de optimización, la investigación científica, las finanzas, la logística o incluso el descubrimiento de nuevos materiales podrían evolucionar mucho más rápido de lo previsto. Dicho de otro modo, el primer impacto de lo cuántico probablemente no será la llegada de una máquina a su sala de servidores. Será la aparición de un nuevo entorno competitivo en el que algunas organizaciones habrán comenzado a adaptar sus sistemas mientras otras siguen debatiendo la fecha de llegada de la tecnología.

Quantum Beyond tiene la convicción de que la preparación constituye siempre la mejor inversión. Prepararse no significa comprometer de inmediato millones de dólares en infraestructuras experimentales. Significa comprender las propias dependencias criptográficas, inventariar los activos digitales críticos, seguir la evolución de los estándares poscuánticos, capacitar a los equipos e integrar esta nueva realidad en la planificación estratégica.

Puede que el tren cuántico aún no haya entrado en la estación. Pero ya está lo bastante cerca como para que las organizaciones dejen de mirar el horario y empiecen a preparar su equipaje. Cuando se anuncie la primera estación, ya será hora de subir a bordo. Quienes empiecen entonces su preparación descubrirán que deberían haber estado en el andén desde hacía mucho tiempo.